Visibilicemos los cuidados: confinamiento, infancia y crianza

La crisis del coronavirus está siendo reveladora sobre la manera en la que la crianza como trabajo está invisibilizada e individualizada. Nos muestra qué mirada tenemos como sociedad hacia la infancia y sitúa en primer plano cómo el pilar de la economía feminista ‘poner la vida en el centro’, valorarla y cuidarla, es una necesidad social, política y económica urgente. 

Llevamos siete semanas confinadas. Entre todas las dificultades que nos ha llevado esta crisis, las personas que estamos criando hemos tenido a las criaturas en casa sin poder salir a la calle durante las primeras seis semanas. Desde hace una semana, finalmente pueden salir una hora al día. Ha sido una alegría acompañada de una sensación agridulce para muchas familias. En estas seis semanas hemos aprendido mucho sobre cómo se piensa la infancia, la crianza y, en definitiva, el cuidado en esta sociedad.

El debate sobre por qué no permitían salir a la calle a las criaturas ha sido intenso y afortunadamente las voces críticas se han hecho oír alto. Se ha hablado del adultocentrismo, de los derechos de la infancia, de las enormes contradicciones entre las recomendaciones de la OMS sobre la necesidad de aire libre para crecer con salud y las decisiones de mantener a las criaturas encerradas en casa. Se ha hablado de las prioridades de una sociedad que deja salir a los perros, teniendo en cuenta sus necesidades, pero mantiene encerrada a la infancia. Se ha hablado de las criaturas como vector de transmisión, como peligro, un discurso discriminatorio nuevo para reproducir una cuestión antigua: la infancia molesta.

Los privilegios y las desigualdades marcan experiencias de confinamiento muy diversas por los espacios donde se vive, pero también por la capacidad de mantener relaciones con el exterior.

 

A parte de algunos ejemplos aislados de personalidades políticas que se han dirigido directamente a la infancia y a las familias para reconocer la importancia del problema, las dificultades de esta conciliación imposible se han escondido dentro de las casas. Y por mucho que muchas se empeñen en decirnos que sí, sabemos que no estamos todas en el mismo barco. Las condiciones de confinamiento no son las mismas para todas las criaturas: hay casas con jardín y sol y hay otras que no llegan a tener las condiciones mínimas para poder vivir el día a día, y menos un confinamiento. Los privilegios y las desigualdades marcan experiencias de confinamiento muy diversas por los espacios donde se vive, pero también por la capacidad de mantener relaciones con el exterior: hay familias que no tienen los recursos tecnológicos que garantizan el teletrabajo y la educación virtual. Y no olvidemos a las criaturas para las que las casas no son un lugar seguro, por las tensiones y las violencias que se viven.

Desde el inicio del estado de alarma no hemos parado de ver cómo aquello que hasta hace nada nos parecía inimaginable se volvía realidad. Y los grupos de whatsapp de madres y padres son un termómetro que hierve de indignación y desesperación. La semana antes de que finalmente se diera permiso para salir a la calle fue reveladora en muchos sentidos. Por un lado, la hoja que circuló con la propuesta de la Generalitat dibujaba un panorama donde las criaturas de 0 a 6 años podían salir solo entre las 12h y las 14h, un horario en que acostumbran a comer y a hacer siestas, pero durante la salida no se podía beber ni comer. Segundo, en esta misma propuesta, las criaturas de menos de 3 años no debían bajar del cochecito, pero solo se podían usar las escaleras de los edificios. Esta propuesta, afortunadamente, no ha acabado siendo real, pero nos da evidencias para pensar cuál es la (in)comprensión de los cuidados, la infancia y la crianza. No se piensa ni se habla desde la experiencia, como muestran las continuas rectificaciones del Gobierno a las comunicaciones oficiales de las salidas infantiles, evidenciando un diálogo muy torpe entre necesidades y toma de decisiones.

La crianza no se entiende como la tarea colectiva que debería ser, sino como la decisión personal de una minoría que se mira sin solidaridad, como una responsabilidad individual.

 

Y cuando finalmente se abrieron las puertas de las casas, afuera no había solo calles para saltar y correr, y luz primaveral. Miradas desconfiadas y policías de balcón desataron una tarde de tormenta en Twitter acusando a las familias de irresponsables. Haciendo circular unas cuantas imágenes de salidas irregulares, mezcladas con fake news e imágenes que, jugando con la perspectiva, querían dar a entender que la ciudadanía no estaba respetando las normas de distanciamiento social. La última gota, esta para comprobar cómo la crianza no se entiende como la tarea colectiva que tendría que ser, sino como la decisión personal de una minoría que se mira sin solidaridad, como una responsabilidad individual. Hay quién dice, y no sin razón, que detrás de esta sospecha sistemática hacia la crianza se esconde cierta misoginia.

En este mes y medio de confinamiento ha quedado muy claro que la crianza y los cuidados no se ven ni se quieren ver. Las criaturas, escondidas dentro de las casas con las personas que las cuidan, son un problema de las familias. Que cada cual se arregle como pueda. Y todo el esfuerzo enorme que estamos haciendo para inventar soluciones, para cuidar de la manera más digna y amorosa posible aún y el agotamiento de maternar en estas condiciones, los malabares que supone teletrabajar y cuidar del bienestar físico y emocional de las criaturas 24 horas en el día… todo esto está escondido dentro de las casas con las criaturas.

Todo este peso lo están sosteniendo los cuerpos de las personas que están cuidando, quienes están criando. Es trabajo gratis que no solo no se ve y no se reconoce, sino que tiene y tendrá consecuencias sobre la salud y la vida de las personas cuidadoras. Cuando dentro de unos meses se vuelva a los mismos niveles de exigencia de productividad y competitividad, si es que en algún momento se han dejado de lado, quedará claro que hay un grupo de gente que se habrá quedado atrás. Ya podemos imaginar los niveles de desigualdad que esto generará, siendo las mujeres las personas que cuidan en la mayoría de las casas. Siguiendo con los análisis del confinamiento en clave de género y de clase -y atendiendo también a la diversidad de familias-, resulta interesante observar cómo se están repartiendo ahora las tareas domésticas y de cuidado, cuando se pueden repartir, que desde siempre recaen más sobre las mujeres, pues es una información clave que las criaturas están recibiendo de una forma todavía más intensa. Además, parece un momento ideal para replantear la organización en los hogares y hacer nuevos repartos y pactos.

Ahora mismo es más urgente que nunca apostar por una crianza feminista que ponga el trabajo de cuidados en el centro de la vida.

 

Estos días ya se ha comunicado que las escuelas no volverán a abrir hasta septiembre, menos para las personas que tienen que trabajar presencialmente. La visión que asume que se puede teletrabajar y cuidar a la vez, una vez más, invisibiliza este trabajo que sostiene la vida, y que continuamente se pone al margen. Sin olvidar las desigualdades que se producen en todas las personas que tienen trabajos precarios, irregulares y que no pueden demostrar que están trabajando para tener derecho al cuidado de sus criaturas en la escuela. Sin contar, además, que se ha dicho que estas medidas están pensadas para criaturas hasta los 6 años.  ¿Las criaturas de 8 años se quedarán solas en casa si las adultas tienen que ir a trabajar? Y además de los cuidados, ¿qué espacios de socialización tendrá la infancia? Una vez más las necesidades de las criaturas no se tienen en cuenta y serán las familias quienes tendrán que tomar decisiones difíciles para encajar todas las piezas de la vida.

La visión que asume que se puede teletrabajar y cuidar a la vez, una vez más, invisibiliza este trabajo que sostiene la vida, y que continuamente se pone al margen.

 

Si está claro que los cuidados no se están teniendo en cuenta, ni se están viendo, ¿qué podemos hacer entre todas para visibilizarlas? Creemos que ahora mismo es más urgente que nunca apostar por una crianza feminista que ponga el trabajo de cuidado en el centro de la vida. Os invitamos a compartir vuestras experiencias con vuestro entorno, y con nosotras. Comentémosle a las amigas, a las familias, a los entornos de trabajo, en las redes, cómo estamos cuidando, qué dificultades estamos teniendo, ¡no nos escondamos! Llevemos los cuidados fuera de las casas.

 

Francesca Bayre e Irene Cardona

(Este texto se ha escrito, a ratos, con una criatura de 4 años yendo y viniendo, subiendo a sentarse y haciendo muchas, muchas preguntas; y entre siestas de un bebé de 10 meses, interminables sesiones de teta y dientes que salen).

 

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